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El bebé que apenas lloraba en el hospital Durante las 48 horas que estuvimos en el hospital después del parto, Árbol Pequeño casi no lloró. Solo unas pocas veces, justo las necesarias, para expresar que era su momento de lactar.

Mis compañeras de cubículo decían: «Ese bebé ni se siente».

Yo sonreía, orgullosa y agradecida. Pero no sabía nada. No sabía el mar de lágrimas que estaba por llegar.

El mar de lágrimas que no me esperaba

Llegamos. El bebé estaba sano. Yo tenía bastante leche para alimentarlo. Todo era perfecto… y sin embargo, lloré todos los días.

Lloraba por el dolor en los senos, ese ardor inicial de la lactancia materna exclusiva que nadie te dice que quema.


Lágrimas por el dolor en la herida del parto, ese recordatorio físico de que mi cuerpo había sido territorio de batalla.


Lloraba por la pérdida de la mujer súper activa que solía ser, esa que se movía rápido, que resolvía, que llegaba a todo.


Lágrimas por el nacimiento de la madre presente, esa que ahora habitaba un tiempo que ya no era solo su tiempo, sino también el tiempo de un ser que me necesitaba a toda hora.

¡¡Lloraba por todo!! Y también lloraba por… no sabía exactamente por qué lloraba. Así es el posparto. Una tormenta hormonal con nombre de mujer.

La tribu que me sostuvo

En esos días complejos, aprendí que la ayuda no necesita explicación ni permiso.

Mi madre llegaba con su escucha callada y sin juicio. No decía «no llores». No decía «tranquila». Solo estaba. A veces, una caricia inesperada en mi hombro mientras yo daba el pecho era suficiente para recordarme que seguía siendo humana. También me sorprendía con sus meriendas en la madrugada.

Mi padre aparecía en el momento justo, como si tuviera un radar. Cargaba a Árbol Pequeño, lo paseaba, lo dormía. Me regalaba 20 minutos para comer, 15 minutos para bañarme, 10 minutos para no hacer nada. Eso es un lujo. Eso es amor.

Y luego estaban los que respetaron el silencio. Mis amigos, mi familia extensa. Esos que no llegaron…que entendieron —o al menos lo intentaron— que ese mes no era para fotos bonitas ni para quedar bien.

A ellos también les debo el haber sobrevivido.

Porque también hubo quienes, desde la distancia y con la mejor intención, exigían.

«Manda fotos del bebé.»
«¿Por qué no subes nada a las redes?

Yo sé que lo hacían por amor. Lo sé. Pero no tenía tiempo ni de tocar mi móvil. Mis manos estaban ocupadas sosteniendo una vida. Mi mente, reordenando mi identidad. Mi corazón, aprendiendo a latir para dos.

El amor también puede ser una carga cuando no se sincroniza con el ritmo de quien recibe.

La mirada de la médica: normalizar la tormenta

Como especialista, puedo nombrar cada uno de esos dolores:

  • El dolor en los senos se llama ingurgitación, y es la batalla entre la demanda y la oferta de leche.
  • El dolor en la herida se llama cicatrización, y es el cuerpo reconstruyéndose después de abrirse para dar vida.
  • El dolor por la mujer que fui no tiene nombre médico, pero debería tenerlo. Es el duelo por una identidad que muere para que otra nazca.
  • Y las lágrimas sin causa se llaman disforia posparto, y son tan reales como cualquier otra respuesta fisiológica.

Pero lo más importante que aprendí, y que quiero que sepas, es esto:

Ninguno de esos dolores te hace una mala madre. Todos te hacen una madre real.

Lo que aprendí

Hoy, con más distancia, puedo nombrar lo que ese mes me enseñó:

  • El descanso no es un lujo, es un derecho. Y pedirlo no te hace débil, te hace sabia.
  • La tribu no es la que resuelve todo, es la que está. A veces, solo estar es suficiente.
  • Las visitas inesperadas duelen más de lo que ayudan. Y está bien poner límites, aunque duela decirlos.
  • El móvil puede esperar. Las fotos pueden esperar. El mundo puede esperar. Tu bebé y tú no. Toma las fotos que te hagan feliz, sin la presión del que dirán.
  • Llorar todos los días también es una forma de sanar. Las lágrimas no son fracaso; son el cuerpo diciendo «esto es mucho, y aún así lo estoy haciendo».

Y para ti, que has llegado hasta aquí

Si estás leyendo esto desde tu propio primer mes —o recordándolo— quiero decirte algo que a mí me costó escuchar:

No estás sola. No estás rota. No estás fallando.

Este mes pasará. Las tomas se espaciarán. La herida cicatrizará. El llanto encontrará otras formas de expresarse. Y tú, esa mujer que ahora no se reconoce en el espejo, vas a volver a verte. Diferente, pero entera.

Mientras tanto, permite que te sostengan. Acepta la sopa. Deja que carguen al bebé. Y si no tienes a nadie cerca, aquí estoy yo, escribiendo esto para que sepas que tu cansancio tiene nombre, tiene explicación y tiene derecho a existir.

Porque esas lágrimas también son parte de tu maternidad. Y merecen ser contado.

Y ahora, cuéntame tú: ¿Cómo fue tu primer mes? ¿Tuviste una tribu que te sostuviera? ¿O tuviste que aprender a pedir ayuda a pesar del miedo? ¿Qué fue lo que más te costó y lo que más te alivió?

Comparte tu experiencia en los comentarios. Porque cuando una madre cuenta su verdad, muchas otras se sienten menos solas.

Puedes encontrar el principio de esta historia aquí :

https://hablayaprende.com/2026/02/09/y-llego-arbol-pequeno/

Dra. Arianna Fortun Lavin | Logofoniatra | Creadora de ‘Habla y Aprende’, un espacio donde la ciencia del lenguaje se encuentra con la crianza observadora.

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4 Comentarios

  1. Me encanta leerte, le das voz a ese sentir materno universal.
    Con mis bebés lloré todos los días y estaba aterrada de que algo malo les ocurriera, tuve Ansiedad postparto con mis 4 hijos.
    ahora que mi cuarto y último bebé está ya de 1 año, aún sigo sorteando la Ansiedad materna, pero leerte me hace sentir acompañada y más humana.

    un fuerte abrazo

    1. Wao!!! Yo también estoy aterrada que le suceda algo a Árbol Pequeño y en aquellos días mucho más, tenía todos mis miedos disparados, aún tengo ansiedad y espero aprender a manejarla. Mi admiración para tí, maternar para 4 es toda una hazaña. Gracias por tu comentario.

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