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Cuando sentí su boquita calentita sobre mi pezón y vi su carita, sus ojitos que me estaban mirando… ¡qué felicidad! Pero cuando llegó el momento de la primera succión, mi yo interior gritó: «¡Ah! ¡¡¡DUELE!!!». Pude sentir cómo el útero se me contraía. Pude sentir el dolor en mis senos de aquel primer jalón. Me quedé sin aliento. Nunca pensé que algo tan natural pudiera llegar a ser tan doloroso.

Pero al ver su carita de felicidad, sus ojitos como me buscaban… que quizás no me veían del todo, pero sabían que yo estaba ahí… sentí su calor, su manito así sobre mi pecho, acariciando con movimientos muy lentos… fue el momento más feliz de mi vida. Así empezó todo, entre el dolor y la felicidad más pura.

Lo que no te cuentan

Ese momento no solo fue mágico para mí, también lo fue para su cerebro. Cada succión, cada movimiento de su lengua y mandíbula, no solo extraía leche, también estaba enviando señales a su cerebro, creando y fortaleciendo las primeras conexiones neuronales que, meses después, le permitirán coordinar los complejos movimientos para hablar. Es el primer y más crucial «entrenamiento» para el habla.

La Dureza Real y el Orgullo que Crece

Me llena de orgullo decir que a mi bebé nada más le di lactancia materna exclusiva por 6 meses (no le di ni agua). Pero la realidad era agotadora: las noches partidas cada 3 o 4 horas, la sed constante, el cansancio, la sensación de que mi cuerpo ya no me pertenecía.

El primer obstáculo: Los pezones doloridos y agrietados. La solución no vino de una pomada costosa, sino de mi propio cuerpo: recuerdo que para superarlo, lo que hacía era lavarme con agua y jabón, y después me aplicaba la misma leche materna (consejo de mi madre y de otras madres amigas). Me exprimía un poco y me la untaba. Nunca usé extractores (no tenía y no las sentí necesarias). Era la cura más natural y siempre a mano.

El Cuerpo que Pide Auxilio: Más Allá del Pecho

El primer mes fue el más duro. No solo por el pecho, sino por todo mi cuerpo. Estar tantas horas sentada o cargándolo me causó muchos dolores de espalda y musculares. Entonces, escogí unos ejercicios de estiramiento, los hice tres veces al día: para la espalda, la columna, las piernas y los brazos. Los acompañaba con respiración consciente. Eso me alivió muchísimo, sin tener que tomar ningún medicamento. También el dolor en los senos, molestia que alivie con los masajes de mi mamá y poniendo al bebé a lactar.

Ahí entendí otro sacrificio invisible: evitar todo lo que pudiera afectar la leche. No tomé analgésicos, no consumí bebidas alcohólicas, ni siquiera refrescos gaseados. Trataba de comer lo más sano posible, para que mi leche tuviera la mejor calidad. Era un cuidado que empezaba en mi plato y terminaba en su bienestar, con la total contribución de mi tribu, sin ellos no hubiera sido posible.

La Verdad Sobre la Leche y la Tribu

Tuve bastante leche de forma natural. Claro, probé los «mejunjes de la abuela»: guarapo de caña, cocimiento de bejuco de boniato, turrón de maní molido (que me encanta)… Pero hoy, estoy segura de que lo que realmente funcionó fue la constancia: pegarme al bebé todos los días y darle el pecho a libre demanda, cada vez que él lo necesitara y consumir muchísimo líquido, sobre todo agua. Los remedios acompañan, pero la ley es la oferta y demanda. Y esa repetición, esa constancia, es lo que el cerebro de un bebé necesita para aprender. La repetición es la base del aprendizaje.

El Regalo Invisible: La Voz que Despierta el Cerebro

Hay un regalo invisible más: el sonido propioceptivo. Durante la lactancia, tu bebé no solo saborea y traga. Siente tu voz vibrar en tu pecho mientras le hablas o cantas. Percibe el latido de tu corazón, un ritmo que reconoce desde el útero. Siente el calor de tu piel, la presión de tu mano, el movimiento de tu pecho al respirar.

Todos esos sonidos y sensaciones corporales no son ruido de fondo. Son el primer gran concierto sensorial de su vida. La voz de la madre, en particular, es un poderoso activador cerebral. Estudios demuestran que escucharla despierta en el bebé una oleada de conexiones neuronales en las regiones emocionales, sociales y del lenguaje, algo que no ocurre con otros sonidos.

Y de esa sinfonía de sensaciones, de esa exposición repetida a tu voz y a los ritmos de tu cuerpo, nace el impulso de imitar, de responder, de emitir sus primeros sonidos. El gorjeo, ese arrullo tan tierno de los primeros meses, y el balbuceo que le sigue, son los ensayos generales del habla. Y su escenario preferido para empezar a probar su propia voz es, precisamente, ese espacio seguro y amoroso, el regazo materno, a menudo durante o después de la lactancia.

Esta estimulación multisensorial que recibe en el pecho es el caldo de cultivo perfecto para que su cerebro diga: «¡Yo también quiero hacer sonidos!». La lactancia, en toda su extensión (incluso la lactancia mixta), una vez más, es un gimnasio total: para los músculos, para el cerebro y para el alma.

Fueron meses de entrega total, mía y de toda la tribu. Aprendí que la lactancia no es solo un acto físico, es un estado mental. Un día, sin darte cuenta, no hay más dolor, dejas de contar las tomas y simplemente fluyes.

Los Beneficios Visibles e Invisibles: La Recompensa Tangible

Hoy, mirando atrás, puedo ver con claridad todo lo que la lactancia nos dió, más allá del vínculo. Mi recuperación postparto fue rápida y sin complicaciones; la herida cerró bien y estoy segura de que las contracciones que provocaba cada toma ayudaron a que mi útero volviera a su tamaño. Creó un vínculo con el bebé que es algo muy especial, único.

Y en él se veían los resultados: creció sano, feliz, gordito. Parecía un niño más grande para su edad; todo el mundo pensaba que tenía más tiempo de nacido. Esa robustez, esa salud radiante, fue el beneficio visible que me llenaba de certeza. Pero el mayor regalo, el invisible, era lo que estaba pasando dentro de su cabeza: cada toma, un ensayo; cada succión, una conexión neuronal fortalecida; cada noche de entrega, un cimiento sólido para su futuro lenguaje. Todos esos regalos me los dio la lactancia materna.

Conclusión: El Balance, la Tribu y la Empatía

Así fue: beneficiosa y dura. Dura por las madrugadas en vela, por el dolor de espalda, por los pezones agrietados, por todo lo que dejé de tomar y de hacer. Beneficiosa por el orgullo feroz, por el vínculo de sus manitas acariciándome, por el poder de sanarme con mi propia leche y de aliviar mi cuerpo con mi propio ingenio.

Beneficiosa, sobre todo, por saber que cada esfuerzo estaba esculpiendo el cerebro de mi hijo, preparándolo para el momento en que, con esa misma boca que hoy succiona, pronunciara su primera palabra: ¡¡¡MAMÁ!!!

Quiero también reconocer a las mamás que no practican lactancia materna exclusiva y comienzan a dar otros alimentos a sus bebés. Porque realmente es un proceso duro, y si no tienes el apoyo de tu tribu puede ser abrumador. A mí me sucedió lo contrario: lo agradezco mil veces. Toda mi familia y amistades estuvieron en función de que yo pudiera lograrlo, sobre todo ese primer mes tan complejo. Ese apoyo no es un lujo, debería ser la norma.

Este viaje de alimentación fue la base. Una base que se construye de forma distinta para cada una. Pero en todas, el cerebro del bebé está haciendo su trabajo: aprendiendo, conectando, preparándose para hablar. ¿Cómo fue tu experiencia? ¿Viste beneficios visibles en tu recuperación o en tu bebé? ¿Tuviste el apoyo de tu tribu? Cuéntamelo en los comentarios. Este espacio es para apoyarnos, sin juicios.

👩🏾‍⚕️ Dra. Arianna Fortun Lavin | Logofoniatra | Creadora de ‘Habla y Aprende’, un espacio donde la ciencia del lenguaje se encuentra con la crianza observadora.

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