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Acepte el caso como un reto profesional y me llenó el alma.

Un comienzo que no lo parecía

Cuando conocí a esta niña, llevaba casi tres años implantada y casi tres años sin avances. Su familia estaba agotada. Ella, también. Los logopedas anteriores habían intentado lo de siempre: repetir, corregir, insistir. Y ella, simplemente, se había cerrado.

Llegó a mi con el cuerpo tenso y ese silencio cargado de ira. Yo no lo sabía aún, pero esa niña estaba a punto de convertirse en mi maestra.

Lo que la niña me mostró (sin palabras)

Durante las primeras sesiones, apenas habló. Pero su cuerpo hablaba por ella. Me mostró cosas que ningún libro de texto me había enseñado:

  1. Que prefería el silencio para concentrarse. Y que después, cuando terminaba su propia exploración, sí quería palabras, pero las quería suaves, lentas, esperadas.
  2. Que se comunicaba con señas propias. Un lenguaje inventado, lleno de inteligencia y necesidad de contacto. Me estaba diciendo: «mira, yo sí sé comunicarme, solo que no como tú esperas».
  3. Que la música la despertaba. La Gymnopédie de Satie la calmaba. Vivaldi la movía. Saint-Saëns la hacía volar. El ritmo lo llevaba en el cuerpo: captaba cambios, los reproducía, los disfrutaba.
  4. Que los gestos de los adultos, para ella, eran posibles regaños.
  5. · Que cuando se enfadaba y alguien respiraba con ella, podía volver a jugar. La respiración como puente, un lenguaje compartido cuando las palabras no sirven.

Lo que tuve que dejar de hacer (y lo que empecé a hacer)

Este proceso me obligó a mirarme a mí misma. Me hizo preguntarme: ¿estoy realmente escuchando o solo aplicando técnicas?

Tuve que aprender:

  1. A dejar de exigir repetición y a ofrecer el sonido como un juego.
  2. A dejar de corregir y a celebrar cualquier intento, por pequeño que fuera.
  3. A dejar de dirigir y a acompañar, a su ritmo, a su tiempo.
  4. A dejar de hablar tanto y comenzar a hacer silencio con ella.
  5. A dejar de querer rehabilitar su oído para querer rehabilitar su confianza.

El sonido no se impone, se ofrece. La boca no se abre a la fuerza, se abre cuando el cuerpo está seguro.

Los pequeños milagros cotidianos

No fueron grandes explosiones de lenguaje. Fueron semillas. Pero cada semilla era suya, no mía:

  1. El día que logró la /s/ después de varios intentos y quiso repetir, una y otra vez, celebrando su propio logro, ver la alegría en sus ojos y en su mirada y su mímica un «lo logré».
  2. La sesión en que pidió «más» con un gesto claro, y supe que ya tenía intención comunicativa real.
  3. El momento en que, tras un berrinche, aceptó respirar conmigo y pudo volver al juego.
  4. La tarde que creó su propia coreografía con la música, moviendo las manos al ritmo de Vivaldi, mostrándome que el sonido ya vivía dentro de ella.

Lo que me llevo (para siempre)

De esta niña me llevo lecciones que ya no me abandonarán:

  1. Que el estancamiento no es culpa del niño, sino del enfoque.
  2. Que la repetición forzada no funciona; la repetición voluntaria, la que nace del deseo, sí.
  3. Que la música no es un adorno en la terapia, es un andamio neurológico y emocional.
  4. Que la familia no es el problema, pero necesita ser acompañada con la misma delicadeza que el niño.
  5. Que el terapeuta también aprende, si se atreve a mirar más allá del protocolo.
  6. Que lo más importante no se ve: la confianza, la seguridad, el deseo de comunicarse.

Un final abierto

Hoy, 25 de febrero, es el Día del Implante Coclear. Y yo pienso en ella. En lo que me enseñó. En lo que aún nos queda por andar juntas.

La rehabilitación, a veces, no va de oídos. Va de almas que aprenden a escucharse.

Y tú, que has llegado hasta aquí: ¿has tenido alguna vez un paciente o un alumno que te haya enseñado algo que no estaba en los libros? Cuéntamelo en los comentarios. Este espacio es para compartir lo que la profesión nos regala cuando nos atrevemos a mirar de verdad.

Dra. Arianna Fortun Lavin | Logopeda y Foniatra | Creadora de ‘Habla y Aprende’, un espacio donde la ciencia del lenguaje se encuentra con la crianza observadora.

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