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De las noches de cólicos de Árbol Pequeño a una pregunta que cambió mi maternidad.


🌱 El origen: lo que aprendí de mi formación como médica cubana

Desde mi experiencia como profesional, he aprendido a entrenar mis habilidades de observación, la escucha atenta, la atención al detalle.

Eso es algo que agradezco a mi formación como médica cubana, donde todo se basa en el método clínico. Luego, mi paso por Logopedia y Foniatría, también en Cuba, me dio la agudeza para entender lo que hay detrás de cada palabra dicha… o no dicha. Incluso para entender la verdad que esconde cada gesto.


🔥 El salto: de la consulta a la maternidad

Aplicar este conocimiento a mi maternidad abrió todo un mundo nuevo.

Y una pregunta latente nació en esas noches de llanto intenso entre los cólicos y la disquecia de Árbol Pequeño. En la oscuridad, con mi hijo en brazos, mientras intentaba calmar su llanto y mi desesperación, una voz dentro de mí preguntó:

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🪵 «¿Qué haría la mujer de las cavernas?»

No era una pregunta académica. No era un ejercicio mental. Era una pregunta de supervivencia.

Porque si ella, sin manuales, sin cursos, sin especialistas, sin redes sociales, sin apps de seguimiento, pudo criar a sus hijos en medio de la sabana, rodeada de depredadores, sin más herramientas que su cuerpo y su instinto…

¿Cómo es que nosotras, con todo el conocimiento del mundo, sentimos que no damos la talla?


🦣 La pregunta que lo cambió todo

La pregunta se hizo más grande:

«¿Cómo puedes criar a esta criatura indefensa para que de adulto no le tema cazar a un mamut… o a cualquier otra fiera, si hoy en día nosotras le tememos a una rana?»

Porque sí. Le tenemos miedo a una rana, al qué dirán, le tenemos miedo a no ser suficiente, miedo a que nuestro hijo «no llegue a tiempo». Le tememos a la opinión de la vecina, de la suegra, de la amiga que crió diferente.

Hemos cambiado los depredadores de la sabana por los depredadores de la sociedad. Y nuestra cría lo siente.


🌟 Lo que la mujer de las cavernas me enseñó (sin saberlo)

Esa pregunta, repetida noche tras noche, me fue mostrando algo:

  • La mujer de las cavernas no tenía pañales desechables, pero leía a su cría. Observaba sus gestos, su llanto, su postura. Eso es calibración.
  • La mujer de las cavernas no tenía manuales de desarrollo, pero confiaba en su instinto. No tenía tiempo para dudar. Dudar era un lujo que no podía permitirse. Eso es confianza radical.
  • La mujer de las cavernas no criaba sola. Tenía su tribu. No era una tribu perfecta, pero era suya. Eso es red de apoyo.
  • La mujer de las cavernas no tenía «terapeutas», pero sabía que el movimiento, el contacto y la voz regulaban a su cría. Porque su cuerpo se lo decía. Eso es ciencia encarnada.

Ella no sabía que estaba haciendo neurociencia. Pero la estaba haciendo.


📝 Lo que aprendí y quiero compartirte

De esas noches de llanto, de esas preguntas sin respuesta inmediata, nació Habla y Aprende.

Un método que no es mío. Es de ella. Es de la mujer de las cavernas que llevamos dentro.

Por eso esta categoría se llama «¿Qué haría la mujer de las cavernas?»

Quiero recuperar esa sabiduría ancestral que tenemos dormida y ponerla al servicio de la crianza actual.

No se trata de volver al pasado. Se trata de traer lo mejor de ese pasado al presente.

  • Su observación + la neurociencia
  • Su instinto + mi formación
  • Su tribu + mis redes de apoyo
  • Su cuerpo sabio + el conocimiento clínico

🧘🏾‍♀️ Antes de seguir: una invitación

Antes de que te hable de propiocepción, de sistema vestibular, de interocepción y de todos esos términos bonitos que la ciencia nos ha regalado…

Te invito a hacer una pausa.

Cierra los ojos. Respira. Y pregúntate:

«Si yo fuera la mujer de las cavernas, y mi cría estuviera llorando en la noche, sin manuales, sin opiniones ajenas, sin culpa… ¿qué haría?»

La respuesta, casi siempre, ya la sabes.

Solo que a veces, el ruido de afuera la tapa.

Esta categoría es para ayudarte a volver a escucharla.


🧔🏾 ¿Y que haría el hombre de las cavernas?

Cuando empecé a crear esta serie de artículos, pensé solo en mujeres, porque soy madre soltera y las noches difíciles las paso generalmente sola y por lo general, las que llevamos el peso de la crianza somos nosotras.

Pero algo ha ido cambiando mientras escribo esta serie. Me he dado cuenta de que hay presencia masculina interesada en el desarrollo de los hijos. No siempre es el padre biológico. A veces es un abuelo, un tío, un amigo. En mi caso, es mi padre.

Él investiga, aprende, pregunta. Está atento a las necesidades reales de Árbol Pequeño y a las mías. Me da consejos. Y aunque crió a dos hijos con otras herramientas, ha sido capaz de aprender nuevas.

Los padres (y las figuras masculinas) también consuelan y educan desde el día 1. No necesitan esperar a que el bebé «sea más grande». Pueden:

  • Observar las señales del bebé (una mueca, un gesto, un cambio en la respiración).
  • Cargar piel con piel, que regula el sistema nervioso del recién nacido.
  • Hablarle con voz suave, porque la voz paterna también activa el cerebro del bebé.
  • Jugar con movimiento suave (balanceo, paseo en brazos), que estimula el sistema vestibular.
  • Acompañar en las noches difíciles, aunque no den el pecho. Un brazo que sostiene, una voz que tararea, una presencia que no juzga.

Por eso, en cada entrega de «Ciencia en el patio» incluiré un pequeño apartado dedicado a ellos: «¿Qué haría el hombre de las cavernas?». Porque una madre necesita una tribu, y un bebé también necesita a su padre (o a esa figura masculina que hace de padre).

No se trata de comparar. Se trata de sumar. Y de recordar que la crianza, como en la caverna, es cosa de todos.


🌱 Lo que viene

En las próximas entregas de la categoría»¿Qué haría la mujer de las cavernas?» encontrarás «Ciencia en el patio», una serie de artículos en que vamos a explorar los sentidos uno a uno.

Primero, una aclaración importante: cuando los neurocientíficos hablan de «33 sentidos», no es que tengamos 33 receptores diferentes como el ojo o el oído. Más bien, han identificado al menos 33 sistemas sensoriales distintos que trabajan juntos para darnos una experiencia unificada del mundo y de nosotros mismos.

Y sí, los iré abordando poco a poco, porque si nosotras mismas aprendemos a usarlos y a confiar en ellos, enseñaremos a nuestros hijos a confiar en sus sentidos y en ellos mismos.

Porque no hace falta un laboratorio para hacer neurociencia. Basta con un patio, una cisterna, un hijo que explora… y una madre que observa.

Y también, ahora lo sé, un padre o una figura masculina que acompaña.


💬 Y tú, ¿qué harías?

Ahora te toca a ti.

Si tuvieras que responder desde tu instinto, sin manuales, sin opiniones ajenas, sin culpa…

¿Qué haría la mujer de las cavernas en tu situación? ¿Y el hombre de las cavernas?

Cuéntame en los comentarios. Porque la tribu también aprende de la tribu.👇🏾


🧑🏾‍⚕️Dra. Arianna Fortun Lavin | Logofoniatra | Creadora de Habla y Aprende, un espacio donde la ciencia del lenguaje se encuentra con la crianza observadora.

Si deseas estar informada sobre cuando salga la próxima entrada sígueme 👇🏾

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2 Comentarios

  1. Bello y reflexivo muy instructivo y práctico para todas las que se adentran en una maternidad responsable, sigue con ese tipo de contenido espectacular y exquisito, mil bendiciones para árbol pequeño y para toda la familia

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